jueves, 6 de noviembre de 2025

VENEZOLANO ITINERANTE

 

 

VENEZOLANO ITINERANTE


¿Tendré la posibilidad de regresar a Venezuela, después de tres años de andar por medio mundo como venezolano itinerante?, Esta pregunta me abrió la posibilidad de relatar mi propio andar en un exilio voluntario en la narrativa de una historia que me la cuento a mí mismo basada en la experiencia vivida, dura, pero también feliz que ha sido iniciar la marcha itinerante sin destino final, pero ello nos va dejando sin fuerza, expuestos a un proceso muy difícil que nos fue inducido, producto de unos resentidos que se apropiaron del país, de nuestras vidas, de nuestro conocimiento, del patrimonio  trabajado por años, de un hábitat que nos costó media vida construir, tener hijos, criarlos, educarlos, convertirlos en gente de bien, favorecer sus grados, y finalmente, también ellos verse afectados y migrar a medio mundo.

Esa pérdida que arrastró cultura, amigos, afectos, paisajes y arraigo en un país que nos vio nacer, con ancestros de siglos, y que condujo a una marcha ininterrumpida, voluntaria por la dificultad en el país  de sobrevenir, perder una infraestructura que nos quedó grande, hubo que liquidarla a valores depreciados, y agotar su producto en el andar por el mundo dentro de una la línea de tiempo que avanza sin pausa, la imposibilidad de trabajar de manera satisfactoria e improductiva, y como si fuera poco, vivir también de manera intermitente en lo que corresponde a la calidad de vida.

 Reconozco que nos hemos expuesto a un proceso complejo, sin comprenderlo, sujeto a la condición de ser extranjero en un país extraño, como dice un poeta local, todos somos exiliados de un país imaginario. El transito ha sido complicado, un país nuevo cada vez que se vence la perisología lo cual nos obliga a pernoctar en diferentes locaciones como si fuera una película: Costa Rica, España, Panamá y Estados Unidos, incluyendo varias veces la estadía en ciudades diferentes; cobijados por hijos o familiares, incluso por amigos, obligados a marchar con un magro equipaje y a reposar en lechos extraños, obligados además por el confinamiento obligatorio de la pandemia.

En ese país imaginario, algunos emigrantes son exitosos, lograron visas de permanencia y trabajo, y se transculturizan rápidamente, pero son infinitamente pocos en relación al masivo éxodo venezolano, el resto, rogando por visas de permanencia como  me ha ocurrido, vencido los plazos, salidas a otro lugar o país, itinerante por geografías desconocidas desdibujadas de la experiencia inicial que tuvimos anteriormente cuando los visitamos como turista, que contrasta y que es bien diferente cuando hay que sobrevivir en ellos.

Reconozco el éxito de esos pocos emigrantes, claro  está, sin considerar los  que se refugian en ellos para disfrutar el botín obtenido por sus malas prácticas, pero la mayoría a mi juicio, somos incapaces de superar la sensación  de pérdida y la condición de ser deshechos moral y económicamente lo cual hace producir locuras para mantener una vida decorosa y dependiente si se tiene suerte, pero  en el fondo se tiene la sensación de pérdida y se potencia el extrañamiento del terruño  que nos hace pensar en la incapacidad de ser superado, Poco a poco desaparece la esperanza, lo cotidiano se hace presente, esquivo; como decía Thomas Mann, “, “Sólo somos fantasmas, vivimos deambulando por el país de los recuerdos”.

Miles de compatriotas llegan a todas partes día por día, en situación precaria, dejando familias atrás con la inútil esperanza de llevarlos un después que nunca llegará, viajan con todo y quedan sin nada, particularmente siento que tenía mucho, pero no tengo nada. Solo esa condición nos hace poner de lado el pasado privilegiado, y la nostalgia del país que no fue y no será, luchando contra la depresión, sin poder compartirla, rumiando en un parque público cuando la fuerza pública lo permite esgrimiendo el argumento de la pandemia china.

Al final, todo se reduce a la aceptación de la realidad que va mucho más allá de ser optimista o pesimista, solo se requiere de la fuerza y el carácter de que vamos a salir adelante con éxito para recuperar el terreno decomisado por la barbarie y toda acción es poca para lograr echar a los ocupantes de lo nuestro y salir de esa condición mental de ser nadie en tierra ajena. Mientras el proceso de desalojo transicional se da, tenemos que liderar con la realidad de que el año que viene se irán, como ha pasado año tras año y ya van veintidós, la desesperanza no nos muerda el alma,

Asimilada la realidad, debemos luchar, revelarnos, y  preservarnos nosotros mismos ante la fatalidad y hacer algo más que escribir y arengar a la distancia en función de reconstruir y recuperar a un país como Venezuela, es decir, aplicar lo que aprendimos en la escuela de gerencia sobre liderazgo, llevar a cuesta el concepto de que para liderar tenemos que ser líder de nosotros mismos y preservarnos emocional y físicamente de tal manera que podamos hacer lo necesario por Venezuela y por los venezolanos.

Hace falta que muchos de nosotros regresemos, a como dé lugar, estimular el cambio y desarrollar las iniciativas necesarias, pero también entender que muchos nunca van a regresar, cambiaron su condición de vida, pero también hará falta que muchos no regresen, para que contribuyan con el país de muchísimas otras formas y apoyar las estrategias de un nuevo desarrollo con sus capacidades e inducir la ayuda internacional. Si no luchamos por rescatar al país, pueden pasar muchos años más.

No podemos continuar deambulando, dejando que el tiempo pase inmisericorde y lleguemos tarde a la cita de la libertad, es necesario involúcranos en la lucha y, tomar iniciativas en lugar de limitarnos a sobrevivir, cargado solo de cuentos y experiencias, pero inevitablemente desgastados.

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